Al zambullirnos en el registro los 147 casos de muerte de niños soldados y conscriptos (1989 a 2012) nos vemos atrapados en una vorágine del absurdo y, sobre todo, de la impunidad. Con particular curiosidad me suelo interesar por este tipo de archivos que detallan historias breves de personas que fueron, con un nombre que alguien querido eligió para ellos al verles a los ojos o mucho antes de tenerles en brazos, que pisaron un suelo muy parecido al mío y que por circunstancias ajenas a su voluntad o a las de la naturaleza, murieron. (Por Magali Casartelli)
Esta investigación publicada en el 2012 por el Movimiento de Objeción de Conciencia y el Serpaj Paraguay deja por sentado que no se trata solo de una recopilación fría que enumera casos. “Este trabajo no busca ser un compilado único y definitivo de lo sucedido en cada caso, solo aspira a ser un registro con un poco más de contenido a fin de que no termine siendo una simple lista de números y nombres desprovista de toda humanidad. No son sólo 147 víctimas, son 147 hijos, hermanos, vecinos, amigos cada uno con una historia de vida por contarse.”
Para descargar en PDF, click en este enlaceDemasiadas muertes por supuestos disparos accidentales, accidentes vehiculares, rastros de golpes y torturas sin esclarecer, desapariciones y familiares de víctimas que deben sostenerse en un siniestro malabar entre su dolor y la indignación frente a explicaciones ridículas y escuetas o circunstancias nunca aclaradas debidamente. Existen causas que quedaron totalmente sobreseídas desafiando al sentido común, un ejemplo es el que afectó a Cándido Ramírez. En 1989, a los 18 años de edad murió cuando, según versión del coronel de estado mayor, Eduardo Ramón Sosa, tropezó con una rama de naranja que quedaba oculta por un pastizal, en ese trajín cae sobre su machete que iba colgado a su cintura y queda herido de muerte a la altura del abdomen. O el de Feliciano Vera quien en 1990 murió realizando tareas domésticas en el domicilio particular de la hija del entonces coronel Federico Carpinelli. [caption id="attachment_2404" align="alignnone" width="695"]
Jinete cebando tereré en Concepción 1992. "Rompan filas". Ensayo fotográfico de Jorge Saenz para el Serpaj Paraguay[/caption]
De lo absurdo, pasamos a lo desgarrador cuando leemos sobre el caso de Darío Vera Portillo quien murió a los 17 años en 1994. Prestaba servicio militar obligatorio en el Regimiento de Infantería nº 1, un oficial de apellido López le asestó un castigo por el cual quedó con graves heridas en la pierna izquierda, esto derivó en gangrena y se la amputaron. Lo suyo fue una desgracia tras otra, posteriormente una infección y un tumor en la zona hicieron que empeorara su salud y, finalmente, falleció. En archivos del Serpaj Paraguay se conserva una fotografía suya donde se lo ve a Darío reposando ya sin pierna en el Hospital del Cáncer y del Quemado, con la mirada ausente y sin un atisbo de esperanza en el rostro.
Y están los casos emblemáticos como el de la muerte de Gerardo Vargas Areco, el cual tiene sentencia de la Corte Interamericana de DD.HH. y se logró una condena al Estado Paraguayo el 26 de setiembre de 2006.
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Contratapa del libro que muestra al joven Darío Vera Portillo poco antes de morir.[/caption]
Muchos nos sentimos empujados a revisar y releer este material en este contexto en que el Ministerio de Defensa se está movilizando una campaña que “motive” a los jóvenes a retornar al servicio militar obligatorio (SMO). En medios radiales Bernardino Soto Estigarribia, titular del Ministerio, manifestaba que en años anteriores se hacían redadas y quienes no portaban los documentos correspondientes eran llevados a los cuarteles.
Como si haber dejado de hacer redadas haya sido una dádiva de las FF.AA. a la sociedad él dice que se “apela a la conciencia, al entendimiento de que hay que cumplir la ley del servicio militar”. Existen más razones, sin duda, pero basta con estas 147 para que la conciencia y el entendimiento digan que no.