Mujeres campesinas, defensoras de derechos humanos, identifican la violencia que sufren y planifican sus acciones para el año entrante

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Aníke ñamondohó, ní jaso. Oñondive ñande mbareteve!
(No soltemos y no nos soltemos. ¡Juntas somos más fuertes!)

Por Marta Almada

El aníke ñamondoho (no soltemos) fue el pedido unánime que circuló el pasado mes de agosto, al cierre de la primera etapa de la Escuela Popular en DD. HH. de Mujeres: aún tenemos mucho de qué hablar en este tema, estamos empezando, o falta ñande katupyry, violencia sobre la mujer ári, pea hina tuicha problema jaguerovatava kuña haicha, decían.
Desde acá no paramos, los casos y situaciones sobre abusos, maltratos y otras violaciones, no se hicieron esperar.

Alrededor de 55 mujeres integrantes de organizaciones campesinas, comités y asociaciones organizadas a través de diversos emprendimientos productivos bajo los principios de la Agricultura Familiar Campesina, se reunieron entre los meses de setiembre y octubre en la ciudad de Horqueta, departamento de Concepción, para compartirse historias, hechos y situaciones que viven en relación a la violencia de género, muy recurrente en sus vidas cotidianas y comunitarias y acordar acciones en torno al tema.

Se inició así un proceso que dio origen a cuatro jornadas de taller intensivo que junto al Equipo de Serpaj, sirvió para delinear un Plan de Acción que posibilite abordar el tema desde diversas estrategias.

Son mujeres provenientes de: la Asociación Kuña Aty Santo Domingo, Calle 10, de 25 de abril; Comité Santo Rey, de Horqueta; Comité Mujer Paraguaya, de Peguaho Loma, Comité 8 de diciembre de San Marcos, Asociación San Isidro Labrador, de Belén, Comité Primavera Poty de Arroyito, Organización Campesina del Norte, OCN y la Organización Zonal de Agricultoras Ecológicas OZAE.

El análisis de la coyuntura actual, con la violencia de género como tema o eje central abordado en uno de los primeros encuentros, ayudó y animó a las compañeras mujeres de los distintos comités y asociaciones a plantear sus experiencias en cuanto a violencia; se confiaron vivencias, casos y situaciones que viven, que se viven en las familias y en la vida de otras mujeres, situaciones de violencia hacia niñas, niños y adolescentes de sus comunidades y vecindarios, y fundamentalmente cómo lo están asumiendo como comités y asociaciones, desde la solidaridad y el acompañamiento que realizan.

El tratamiento que algunas asociaciones o comités realizaron en estos casos es aún incipiente, pequeño tal vez, pero aun así muy válido, que merece ser compartido y rescatado como práctica noviolenta, posible para la autoprotección, el cuidado y educativo para algunos casos de acompañamiento.

La metodología planteada en los talleres, apoyada en dinámicas tales como: juegos de roles, historias de vida, estudio de casos, ejercicios y trabajos grupales, permitieron compartir vivencias, leer, entender realidades, historias y saberes, que constituyeron insumos del colectivo para reunir las propuestas y elaborar acuerdos de acciones conjuntas a corto, mediano y largo plazos, desde los saberes que dieron las experiencias y también desde la vivencias de casos de violencias sin atención que ponen o pusieron en riesgo sus vidas y la vida de otras mujeres, niñas, niños y jóvenes de la comunidad o población vecina.

Mientras construían colectivamente las posibles estrategias y objetivos, se comentaban en voz baja, luego nos compartían: “La violencia lastimosamente nos iguala, es algo común en nuestras historias y vidas…, heta laya oí la violencia ha enterove roñandu, mujer campesina, mujer de ciudad, pobres y ricas” (hay muchos tipos de violencia y todas las sentimos, todas la vivimos, mujer campesina y de ciudad, pobre y rica).

En esa construcción colectiva, iban surgiendo los temas que entretejidos forman el marco cotidiano de violencia. Las mujeres reconocen que la pobreza y la desigualdad, sumadas a la falta de oportunidades, al proceso de militarización que sufre la zona y a la inacción del Estado, conducen, por un lado, a una alta migración de jóvenes, y por el otro, a un proceso de descomposición de la juventud por falta de oportunidades (que producen una situación de frustración e impotencia permanentes) que desemboca en drogadicción, conflictos familiares, pérdida de valores y, finalmente, en el aumento de la violencia en diversas formas, que afecta a las familias y comunidades.

En ese contexto, las mujeres siguen sufriendo el machismo y la desigualdad por razones de género en diversas formas: en la irresponsabilidad del Estado para con sus necesidades en materia de salud pública, en la falta de oportunidades laborales y la diferencia salarial, en la falta de reconocimiento social y económico del trabajo doméstico y las responsabilidades de cuidado, en las dificultades para la participación, y todo esto se refleja en la forma más clara y perversa de la cultura patriarcal y machista que es la violencia contra la mujer a la que se suma la violencia a niñas, niños y adolescentes.

Así, juntas se animaron a acordar un Plan de Acción. El problema priorizado para construir el Plan de Acción es: VIOLENCIA CONTRA LA MUJER, LA NIÑEZ Y LA ADOLESCENCIA.

“Nos necesitamos y necesitamos de materiales, de coordinar y organizar en conjunto acciones para defendernos de la violencia machista presente en todo. Oñondivé ko ñande mbareteve” (juntas somos más fuerte) nos dice doña Francisca, mujer robusta, alegre y decidida…, quizás cansada de los abusos de poder cuando denuncian situaciones de acoso, de maltrato y violencia.

El proceso contó con el apoyo de CCFD y Misereor