Tiempo de mariscar (*)

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Que conste que apenas estamos en el centro de las internas del Partido Colorado y ya de vuelta retornó la temporada de caza, de salir a mariscar votos, especialmente aquellos que están en las periferias, en esos territorios olvidados por las políticas públicas donde la desigualdad forma parte de la vida cotidiana desde hace tiempo, al punto que ya resulta aparentemente natural.

Durante esta singular temporada de caza asistimos a una inquietante mutación: lo poco que aún resta del Estado Social de Derecho queda entre paréntesis y sus componentes se dispersan entre las poblaciones. De esta forma no es extraño, sino absolutamente normal -porque para eso uno llega al poder- que planes, programas, rubros que formalmente conforman algo denominado ‘políticas públicas’, se transformen en prebendas, privilegios que sólo llegan a quienes ‘se ponen la camiseta de la ANR’, de acuerdo a la pedagógica definición del ministro de Educación y Ciencias, Enrique Riera. De paso, él mismo, como otros ministros, mutan en ‘jefes’ y piden votos, y las duras realidades sociales mutan igualmente en sus discursos en versiones propias de un degradado romanticismo.

Por ejemplo, el docente deja de ser un colectivo, menos un gremio con reivindicaciones propias y con una larga lucha, para transformarse en “esa maestra que va todas las mañanas en una moto en un tape po’i con frío y lluvia en la cara a atender a esos chicos para hacerles construir su futuro”.

En este discurso ni modo que se busque entender cómo es que nuestras estadísticas del siglo XXI se parecen demasiado a las estadísticas europeas del siglo XIX; tampoco asumir que el futuro de “esos chicos”, mencionado por Riera, se encuentra cancelado no por el frío y la lluvia sino por un modelo de acumulación económica profundamente discriminador que produce extraordinarias ganancias para un sector que vive en “una realidad y un tiempo diferente al resto del país, en enclaves económicos y sociales exclusivos y excluyentes”. Y que esta realidad constituye una dimensión que no es tematizada por la escuela en un proceso de real formación ciudadana.

Mientras, en el otro país con una larga historia de exclusiones, las cosas siguen su curso: en Concepción, familias afectadas por la última granizada siguen sin la asistencia estatal, y entonces recurren a la venta de sus chanchos y gallinas para adquirir chapas y cubrir parcialmente su techo; en Itapúa, se derrumba una viga de madera en el aula de una escuela; al menos no fue en horas de clases, señalaron directivos de la institución y en San Pedro, familias ocupan varias fincas de la zona en los que se cultivan soja y maíz, cansados de la fumigación indiscriminada sin respetar ninguna normativa de protección ambiental.

Mientras dure el tiempo de mariscar votos, estas realidades quedarán al margen de la campaña partidaria porque la misma se construye sobre la base de un discurso estúpido que como tal es absolutamente incapaz de despegarse de su propio punto de vista para ver las cosas de otro modo, en este caso, de un modo más compadecido con la dignidad humana. Recordemos que los discursos estúpidos se dirigen al idiota, precisan del idiota para encarnarse, imaginan que al otro lado hay un idiota para acogerlos.

Foto de portada: Diario Última Hora

(*) Este texto corresponde al editorial del tercer boletín de información y análisis editado por el Serpaj Paraguay este año 2017.