Frente a los gobiernos, los derechos humanos

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Hoy, a 69 años de la adopción y proclamación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, quienes conformamos el Servicio Paz y Justicia, Paraguay, traemos a nuestro presente el espíritu de un texto escrito con urgencia y leído sin corrección hace un poco más de tres décadas atrás .

Ese texto surge como una resonancia de lo afirmado en el tercer considerando de la Declaración Universal de los Derechos Humanos que señala: “Considerando esencial que los derechos humanos sean protegidos por un régimen de Derecho, a fin de que el hombre no se vea compelido al supremo recurso de la rebelión contra la tiranía y la opresión”.

Hoy vivimos realidades sociales y políticas marcadas por la desigualdad, la pobreza, la precariedad, la exclusión social, la criminalización de defensores y defensoras de derechos humanos que no sólo persisten sino que aumentan. Estas realidades conviven en un obsceno escenario con el escándalo de la, igualmente cada vez más aumentada, concentración de la riqueza: el 1 por ciento de la población mundial tiene lo que el 99 por ciento necesita.

Y esta perversa relación se reproduce en cada país con sus particularidades. A su vez, esta realidad posee como contraparte un hecho contrastado por múltiples estudios: nunca ha habido tanto dinero en paraísos fiscales como ahora y nuestras estadísticas sobre desigualdad precisamente subestiman de manera considerable el verdadero grado de concentración de la riqueza, ya que no incluyen el dinero oculto en estas jurisdicciones opacas o paraísos fiscales.

A nivel local, Paraguay ocupa la posición 37 entre 147 países del ranking mundial de mayores flujos financieros ilícitos, según el promedio de los últimos diez años. Se estima que nuestro país soporta una pérdida anual en ingresos tributarios de alrededor de 60 millones de dólares por la manipulación de los precios de transferencia; “una alta proporción de estos flujos ilícitos están vinculados al negocio de la soja”.

En este contexto de progresiva concentración de riqueza que profundiza el poder de incidencia de las élites, se registra igualmente una profundización de la perversión y contaminación de las instituciones y de las agendas públicas que en la práctica supone el secuestro directo de los procesos democráticos.

Hoy, en nuestra región, los nombres de cada país…Argentina…Brasil…Venezuela…Honduras…se asocian con la cotidiana experiencia del inquietante desmonte de las garantías básicas de los derechos humanos pero, al mismo tiempo, se multiplican diversas experiencias de colectivos que resisten, apropiándose de la certidumbre de quienes redactaron la Declaración Universal de los Derechos Humanos cuando en el tercer considerando alertaron sobre la potencialidad del “supremo recurso a la rebelión contra la tiranía y la opresión” cuando el Estado de Derecho cede cada vez más terreno a la voracidad indigna de las élites.

Por eso hoy, como siempre, frente a los gobiernos: los derechos humanos. Rotunda afirmación sostenida por una diversidad de voces y luchas que nos recuerdan que la memoria de la dignidad se encuentra en esos mundos que rechazan el mundo del 1 por ciento… que nos enseñan que la realidad no es simplemente un estado de hecho que debemos resignadamente soportar, sino que es una determinada forma de relacionarnos mutuamente con los otros seres humanos, con nosotros mismos y con los entornos naturales de los que, y en los que, vivimos… voces y luchas que nos hablan de que la vida digna de ser vivida es aquella que entretejemos mediante la lucha contra el acceso desigual e injusto a los bienes sociales.

Recordemos de aquel texto de 1981 estas palabras: “El sufrimiento de los hombres nunca debe ser un mudo residuo de la política, sino que, por el contrario, constituye el fundamento de un derecho absoluto a levantarse y a dirigirse a aquellos que detentan el poder”.

Desde el Servicio Paz y Justicia, Paraguay, rendimos hoy, a 69 años de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, un homenaje y un reconocimiento fraterno a quienes desde sus diarias luchas encienden cotidianamente las luces que iluminan los caminos a recorrer para que ese mudo residuo de la política se torne en la potencia que nos permita construir nuestros propios caminos por donde transitar y en los que habitar en plena dignidad.