Esa lista

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Ninguno de los meses del 2017 pasó sin que ESA LISTA se actualizara mediante la inclusión de nuevos casos. Dicen que a falta de elaboración cultural y política del tema, surge la lista como un intento frustrado de aferrar la violencia que algo nos cuenta acerca de cómo somos como sociedad.

(Este texto es editorial del Boletín del Serpaj de nov. de 2017 que ofrecemos para descarga)

Cuenta Umberto Eco que la lista justamente pudo haber sido una de las primeras formas literarias que surgieron para contar algo que desborda a la propia palabra. Por eso existe un efecto de vértigo en la lista; sentimos que en la acumulación sin descanso de ESA LISTA, una zona oscura de nuestra cultura, de nuestros modos cotidianos de vivir, está relatando una historia que nos cruza pero que no la reconocemos. Y a veces cuando no basta la lista, el periodismo suele apelar al recurso más primitivo, al saber original: el testimonio oral de sobrevivientes que cuentan qué les pasó, cómo fue y cómo es que sobrevivieron.

En 1974, la escritora estadounidense Carol Orlock, acuñó el término femicide que luego fue utilizado públicamente desde 1976 por la feminista Diana Russell, ante el Tribunal Internacional de Crímenes contra las Mujeres en Bruselas. ESA LISTA habla de eso nombrado con esa palabra que fue necesaria para hacer visible el problema. En el seminario internacional ‘Feminicidio, justicia y derecho’ en 2005, Russell consideró apropiada la traducción de femicide en inglés como feminicidio en castellano, para evitar que su traducción fuera femicidio y conducir así a considerarlo sólo como la feminización de la palabra homicidio.

Marcela Lagarde, antropóloga e investigadora mexicana, especializada en etnología, representante del feminismo latinoamericano, explica que “en México la impunidad es parte del feminicidio y por eso partimos de la definición de violencia institucional, la discriminación en la impartición de justicia, la discriminación en las averiguaciones, en los peritajes; en todo el proceso hay una mirada profundamente misógina […] La violencia feminicida quedó inscrita en la ley como el conjunto de condiciones de violencia que pueden conducir al feminicidio”.

Ese conjunto de condiciones que desembocan luego en la actualización constante de ESA LISTA, tiene que ver con dimensiones invisibilizadas por la manera en que organizamos nuestro vivir cotidiano. Ana María Fernández alude a eso cuando señala: “Para que la violencia del golpe, la violación, el acoso, el ataque incestuoso existan, es necesario que una sociedad haya, previamente, inferiorizado, discriminado, fragilizado al grupo social —las mujeres, los niños/as, los ancianos/as, etc.— que es objeto de violencia. Sólo se victimiza a aquel colectivo que es percibido como inferior; de este modo se legitiman todos los actos de discriminación”.

Y agrega: “Los procesos de inferiorización, discriminación y fragilización operan como naturalizaciones; conforman en tal sentido invisibles sociales. En rigor, no son invisibles, sino que están invisibilizados; a estos procesos se los ha denominado violencia invisible. Un invisible social no es algo oculto o escondido, sino que —paradójicamente— se conforma de hechos, acontecimientos, procesos y dispositivos reproducidos en toda la extensión de la superficie social y subjetiva. Está ahí, pero no se ve o se lo considera natural. En tal sentido, violencia visible e invisible’ conforman un par indisociable”.

Para que ESA LISTA deje de incluir nuevos hechos de violencia feminicida, es tiempo de desatar esos nudos que en nuestros cotidianos naturalizan la violencia mediante diversas maneras de inferiorizar, discriminar, fragilizar. Y esta es una plena tarea y responsabilidad política porque las violencias cotidianas también son políticas. ESA LISTA “no habla de una condición masculina de fuerte e inherente agresividad, sino de un poder social y subjetivo que muchos hombres ejercen desde las formas públicas y/o privadas del abuso”.