Algo de esto lo pudimos registrar durante la Audiencia Preliminar en el caso Marina Cué: ese absurdo regateo previo para definir la cantidad de familiares que podían finalmente quedarse durante la Audiencia, la lectura de las pruebas, la risa de la gente ante lo absurdo del listado que contrastaba con la aparente solemnidad del fiscal, el regaño de la jueza a la gente por la risa. (Texto editorial del próximo boletín de análisis del Serpaj)
Una pareja ¿peligrosa? Dolores, 23 años y Luis, 22 años. En brazos de su madre el pequeño que nació estando sus padres como presos domiciliarios[/caption]
A esta incapacidad – para que la violencia sea más intensa – le suma, además, una dimensión grotesca a nivel del discurso. Algo de esto lo pudimos registrar durante la Audiencia Preliminar en el caso Marina Cué: ese absurdo regateo previo para definir la cantidad de familiares que podían finalmente quedarse durante la Audiencia, la lectura de las pruebas, la risa de la gente ante lo absurdo del listado que contrastaba con la aparente solemnidad del fiscal, el regaño de la jueza a la gente por la risa.
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Janine Ríos, la jueza que pidió orden ante la incontenible risa del auditorio que escuchaba que un rollo de papel higiénico formaba parte de las pruebas para incriminar[/caption]
¿Qué se está desplegando cuando el discurso de la justicia da risa? ¿Por qué aparentemente se apela a la permanencia de un fiscal que sistemáticamente hace el ridículo? También aquí los testimonios históricos nos narran un hecho: estos discursos de justicia que dan risa y que tienen el poder de decidir finalmente sobre la vida y la muerte, nunca constituyeron un accidente, o una avería en la mecánica del poder; más bien se encuentran en el corazón mismo de nuestras instituciones judiciales cuando éstas operan como los portavoces de un poder soberano infame. El discurso de la justicia que da risa y que toma cuerpo en la voz de autoridades ridículas, es la herramienta propia del poder indigno, inhumano, incapaz de representarse ciertas vidas y, por tanto, de reconocer determinadas muertes.
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Rachid, (centro), el fiscal de las pruebas risibles[/caption]
Por eso resulta siniestra una justicia así. Nos provoca risa, nos hace enojar con sus autoridades que esgrimen razones irracionales, pero el mensaje que quiere transmitirnos es que el poder que le funda, es inevitable, imposible de eludir. Para quienes lo legitiman el ‘no matarás’ hace tiempo dejó ya de ser un imperativo porque para ellos ciertas vidas no merecen ser reconocidas. Es mucho más oscuro esto que el popular “upevarama ningo ña mandá”.
¿Deberíamos seguir llamándolo sistema de justicia?