“Estamos en plena Tercera Guerra Mundial”, nos informa la prensa internacional después de lo de París, pero nos aclara que esta Guerra es distinta porque nos dicen que el enemigo vive al interior de las sociedades y que los gobernantes, en realidad, no saben cómo encarar el problema y menos ofrecer seguridad a las poblaciones. De esta forma se nos ofrece lo peor como opción: vivir con miedo que, en realidad, es un vivir sin vivir pero que resulta funcional a un sistema que se alimenta de la inseguridad porque así, como si luego fuese natural, podemos tolerar lo intolerable, acostumbrarnos a lo inhumano, aceptar torcer todas las reglas y principios de nuestros comportamientos solidarios, de justicia, de reconocimiento, de confianza. A lo que queda después, deberíamos seguir llamando “sociedad”? Quienes conformamos el Servicio Paz y Justicia, Paraguay, al menos somos gente incrédula: no creemos que la guerra sea la racional alternativa a los conflictos, no creemos que la violencia siga siendo la comadrona de la historia, no creemos que la manera de salvaguardar los derechos humanos consista en violarlos. Tampoco creemos que pulverizando los principios democráticos se defiende la democracia y que eliminando la vida es como mejor se la protege. Nuestra incredulidad se sostiene en la convicción sobre la fortaleza de las alternativas no violentas, en la tarea de hacer progresar los derechos humanos como forma de hacer retroceder las propuestas punitivas, en profundizar la práctica cotidiana de la justicia como modo de generar la Paz digna día a día. Para eso es preciso salirnos de las trampas del miedo y del espanto que nos empujan a difundir opiniones sin razonar, a dejar de preguntar a las autoridades responsables de la protección y garantía de nuestros derechos sobre las razones de su actuar. Hoy París nos sucede a todos y todas porque también entre nosotros se busca que la guerra, la violencia, la crueldad que nos lleva a festejar la muerte y a esperar con extraña curiosidad las próximas muertes, sean las que nos unan en un solo miedo. Y no hablamos del miedo en general; nos referimos al miedo político, ese que surge del temor a que el bienestar colectivo resulte perjudicado como resultado de conflictos entre sociedades, o como derivación de la intimidación de hombres y mujeres por las autoridades o determinados grupos. Es ese miedo que luego termina dictando políticas públicas, o lleva a nuevos grupos al poder o deja fuera a otros, crea leyes o deroga otras. Es miedo y violencia que hoy asume diversos rostros: son los días que se van sumando al secuestro del suboficial de Policía Edelio Morínigo Florenciano, o del menonita Abrahán Fehr Banmann; o son las “campañas sucias” que se van naturalizando durante nuestros procesos electorales; los atentados contra candidatos de partidos políticos, los discursos marcadamente discriminatorios que buscan convencernos que la ciudadanía no es un lugar para todos y todas, los cuerpos de personas asesinadas que aparecen en zonas donde se asume que tal acontecimiento criminal ya es rutina. Esta suma de eventos, multiplicada y amplificada en su compulsiva repetición por las redes de comunicación, en ocasiones no nos permite ver las largas injusticias que recorren nuestra sociedad, o nos ciegan ante los diversos conflictos sociales que subyacen a los hechos. Por eso reiteramos que somos gente incrédula: no creemos que nos deba unir el espanto. Vivir en una sociedad democrática no equivale a ceder en la dignidad para aceptar la invitación a descender en las tinieblas, que es la perversa propuesta de quienes asumen que la guerra y la violencia son estrategias obvias en tiempos de crisis. Y pese a que reconocemos que hoy resulta difícil escucharnos y que nada más frágil que la palabra, apelamos a ella para considerar que la Vida digna sigue siendo la mejor forma de humanizar lo que somos y lo que soñamos. Somos gente que cree en la Paz y Justicia para todos y todas.