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Agosto, 21 de 2026

Seguimos aquí: Y’apo, cuando la tierra, la memoria y la identidad se vuelven resistencia

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Seguimos aquí: Y’apo, cuando la tierra, la memoria y la identidad se vuelven resistencia

Por Clemen Bareiro

 

El 14 de agosto, mientras la comunidad Avá Guaraní de Y’apo celebraba anticipadamente el día del niño, una jornada que había comenzado con niñas, niños y golosinas terminó con la muerte de su líder, Antonio Carrillo, y del profesor Catalino Correa. Lo ocurrido ese día exige verdad y justicia, pero también obliga a mirar una historia más profunda: la disputa por la tierra y las formas en que la identidad, la memoria, la ancestralidad y la comunidad se convierten en mecanismos de resistencia frente a la violencia estructural.

“Nosotros no vamos a ceder, no vamos a retroceder. Si quieren sacarnos de acá, van a tener que matarnos a las 300 familias. Nosotros vamos a resistir”.

Hay frases que nadie debería tener que pronunciar. Nadie debería tener que poner la propia vida como medida de cuánto significa permanecer en su territorio. Pero en Y’apo, la palabra “resistir” no es una metáfora.

Era un día de celebración: el 14 de agosto. En Paraguay, el Día del Niño se conmemora el 16 de agosto y en Y’apo, comunidad del pueblo Ava Guaraní ubicada en Corpus Christi, Canendiyú, habían adelantado la celebración. Había niñas y niños. Había un encuentro. Había golosinas.

Según relata Claudelina Saucedo, viuda del líder de la comunidad Antonio Carrillo, en medio de la celebración, Antonio llamó al profesor Catalino Correa para que lo acompañara a comprar más golosinas.

Salieron. Nunca regresaron.

Entre las 11:30 y las 16:00 de aquel 14 de agosto ocurrieron los hechos que terminaron con la muerte de Antonio Carrillo y Catalino Correa durante un operativo de la Secretaría Nacional Antidrogas (SENAD).

La versión oficial sostiene que se produjo un enfrentamiento y vincula a los fallecidos con una estructura criminal. Las familias y la comunidad rechazan esa versión y exigen que se esclarezcan las circunstancias en las que ambos murieron.

No corresponde anticipar lo que una investigación independiente y exhaustiva debe determinar. Pero sí corresponde preguntar. Preguntar qué ocurrió durante esas horas. Preguntar por qué existen versiones profundamente contrapuestas. Preguntar qué significa que integrantes de una comunidad que venía denunciando amenazas sobre su territorio terminen muertos durante un operativo estatal. Y preguntar por la historia que había antes de ese 14 de agosto. Porque ningún hecho ocurre en el vacío.

“El problema real acá es la tierra”, dice Claudelina sin rodeos.

Quizás esa frase sea una de las llaves para comprender por qué Y’apo no puede ser leído solo como la noticia de un operativo que terminó con dos personas muertas. Hay una historia anterior. Una historia de territorio, de disputas. De amenazas, de despojos y también de permanencia.

Para comprenderla, necesitamos salir por un momento de las palabras con las que habitualmente pensamos la tierra: hectáreas, títulos, propiedad, productividad, expedientes.

Porque el territorio de los pueblos indígenas no puede reducirse a una superficie delimitada en un mapa. Allí están los antepasados. Allí crecen las plantas que alimentan y las que curan; allí están los lugares sagrados; allí se transmiten los conocimientos. Allí se habla la lengua. Allí una niña o un niño aprende quién es y de dónde viene. Allí se construye comunidad. La tierra guarda memoria.

Por eso, cuando un pueblo es arrancado de su territorio, no solo pierde su propiedad. Se intenta romper la relación entre el cuerpo, la historia, la espiritualidad, la naturaleza y la comunidad. Y cuando ese pueblo defiende la tierra, tampoco está defendiendo solo unas hectáreas. Está defendiendo la posibilidad de seguir siendo.

Cuando la violencia entra en la memoria

Hay otra frase de Claudelina que vuelve imposible hablar de violencia estructural como si se tratara solamente de una categoría política: “Mi hijo nunca más va a poder disfrutar de su cumpleaños porque ese día asesinaron a su papá” . Su hijo cumplía años aquel 14 de agosto.

Entonces, la fecha deja de ser solo el día de un operativo. Es también un cumpleaños. Una fecha que debería guardar la memoria de la llegada a la vida queda para siempre atravesada por la muerte del padre. Eso también hace la violencia. No termina cuando dejan de escucharse los disparos. Entra a las casas. Se sienta alrededor de la mesa. Modifica los recuerdos. Transforma los calendarios íntimos. Atraviesa la infancia. Permanece en las generaciones siguientes.

La violencia estructural no puede medirse solo contando muertos, desalojos o hectáreas en disputa. También hay que mirarla en aquello que deja después: las ausencias, los miedos, las familias atravesadas por una pérdida, las comunidades obligadas a reorganizar la vida en torno al dolor.

Y quizás sea precisamente por eso que la memoria tiene tanta importancia como mecanismo de resistencia. Porque recordar impide que la ausencia se convierta en borramiento. Nombrar a quienes ya no están es disputar el olvido. Contar lo sucedido es disputar el silencio. Exigir verdad es también resistir.

El cuerpo también es territorio

Después de la violencia, los rostros vuelven a pintarse. Los cuerpos vuelven a encontrarse. Hay palabra. Hay una ceremonia. Hay comunidad. Y la tierra continúa bajo los pies.

Para quienes miramos desde afuera, esas imágenes pueden convertirse rápidamente en una postal de “la cultura indígena”. Pero hay que mirar otra vez. Los rostros pintados no están decorados. Los cuerpos no son paisaje. La lengua no es una curiosidad. La ceremonia no es una representación preparada para nuestra mirada. Lo ancestral no es algo detenido en el pasado. Está vivo. Está sucediendo ahora. En la lengua que continúa hablándose. En los conocimientos que siguen transmitiéndose. En las plantas que curan. En la espiritualidad. En la relación con la tierra. En la comunidad que vuelve a reunirse tras el dolor.

Y en un contexto de violencia y despojo, todo eso también adquiere una dimensión profundamente política. El cuerpo puede convertirse en territorio cuando se siente amenazado. Pintarlo. Reunirlo con otros cuerpos. Hacerlo hablar en la lengua de sus antepasados. Recordar a quienes estuvieron antes. Transmitir a las nuevas generaciones aquello que se recibió de las generaciones anteriores. Todo puede convertirse en una manera de decir: esto somos, esto sigue vivo, esto no pudieron quitarnos.

Existe una tendencia a pensar la ancestralidad como una relación exclusivamente con el pasado. Pero quizás Y’apo nos permita comprender otra cosa. La ancestralidad también mira hacia el futuro.

Defender la tierra donde vivieron quienes estuvieron antes es, al mismo tiempo, defender el lugar donde podrán vivir quienes vienen después. Y entonces volvemos a las niñas y los niños de aquel 14 de agosto. A la celebración. A las golosinas. A ese gesto cotidiano de dos hombres que, según relata Claudelina, salieron a buscar más porque no alcanzaba para todos. Cuidar las infancias también es territorio. Transmitirles lengua es territorio; enseñarles de dónde vienen es territorio. Permitirles crecer cerca de sus lugares sagrados, de sus recuerdos y de su comunidad es territorio.

Por eso defender la tierra también es defender los derechos de esas niñas y niños a tener un lugar desde el cual imaginar su propio futuro. La memoria no consiste solamente en recordar a quienes estuvieron antes. También consiste en preguntarnos qué vamos a dejarles a quienes vienen después.

No romantizar la resistencia

Reconocer la fuerza de Y’apo exige cuidado. No podemos convertir el sufrimiento de los pueblos indígenas en una historia hermosa sobre su capacidad de resistencia. No hay nada hermoso en tener que decir: “Si quieren sacarnos de acá, van a tener que matarnos”. Esa frase no debería producirnos solo admiración. Debería incomodarnos. Porque ninguna comunidad tendría que demostrar su vínculo con la tierra poniendo la vida como última frontera. No deberíamos exigir a los pueblos que conviertan cada despojo en resistencia. Cada muerte en memoria. Cada pérdida de fortaleza. Cada violencia es una oportunidad para volver a levantarse. Hay dolores que sencillamente nunca deberían haber ocurrido.

La capacidad de una comunidad para ponerse de pie no hace menos grave aquello que la hizo caer. Reconocer la resistencia implica también preguntarnos por las estructuras que hacen necesario resistir. Y por las responsabilidades que hay detrás de ellas.

La contradicción paraguaya

Y’apo también nos coloca frente a una contradicción que Paraguay evita mirar durante demasiado tiempo. Construimos buena parte de nuestra identidad nacional alrededor de lo guaraní. Hablamos orgullosamente nuestra lengua. Nombramos en guaraní a nuestros afectos, a nuestros alimentos, a nuestros lugares. Repetimos que somos una nación bilingüe. Invocamos permanentemente nuestras “raíces guaraníes”.

Pero ¿qué sucede cuando esas raíces necesitan tierra? ¿Qué ocurre cuando los pueblos que sostienen esas lenguas, esas memorias y esas formas de comprender el mundo reclaman las condiciones materiales necesarias para seguir existiendo?

Podemos celebrar lo guaraní como símbolo nacional mientras ignoramos las luchas de los pueblos guaraníes. Podemos admirar una lengua y no escuchar las voces que hablan a través de ella. Podemos convertir lo indígena en patrimonio mientras sus territorios siguen amenazados.

Podemos sentir orgullo de nuestras raíces mientras permitimos que esas mismas raíces sean arrancadas de la tierra. Y entonces Y’apo deja de ser un “problema indígena”. Y’apo empieza a hablarnos de Paraguay.

¿Qué entendemos por desarrollo? ¿Quién tiene derecho a decidir sobre la tierra? ¿De qué vidas protegemos, de qué cuerpos sospechamos? De quiénes tienen derecho a ser escuchados y de quiénes terminan pagando el precio de aquello que otros llaman progreso, seguridad o desarrollo.

La violencia estructural no siempre dispara

La violencia estructural no comienza el día en que aparece un arma. También existe cuando, durante décadas, una comunidad debe explicar por qué pertenece al lugar al que siempre perteneció.

Cuando una forma de comprender el territorio vale menos que un documento, cuando el monte importa solo por lo que puede producir. Cuando las voces indígenas son escuchadas después de la violencia, pero no antes. Cuando el Estado llega con su fuerza, pero tarda en llegar con garantías. Cuando se pide protección, no basta con sentirse protegido. Eso también es violencia.

Una violencia menos visible porque se distribuye entre instituciones, expedientes, intereses económicos, decisiones políticas, prejuicios y años de espera. Por eso, la resistencia tampoco comienza el día del conflicto. Sucede mucho antes. Cuando una abuela transmite un conocimiento. Cuando alguien prepara una medicina. Cuando se comparte el alimento. Cuando se protege un lugar sagrado. Cuando se enseña una palabra. Cuando una niña aprende quién es y de dónde viene. Cuando una comunidad celebra sus niñeces. Cuando, después de la violencia, vuelve a reunirse.

Las circunstancias de las muertes de Antonio Carrillo y Catalino Correa deben ser esclarecidas. La verdad importa; la justicia importa. Las responsabilidades importan. Pero mientras las instituciones tienen la obligación de investigar, en Y’apo la vida continúa atravesada por dos ausencias. Y también continúa la lucha por la tierra.

“Nosotros no vamos a ceder, no vamos a retroceder”. Después de escuchar la historia, la frase adquiere otro peso. No habla solamente de quedarse. Habla de pertenencia, de saber quiénes son. De recordar a quienes estuvieron antes, de cuidar a quienes están ahora. Y de defender la posibilidad de que quienes vendrán después puedan seguir llamando a ese lugar su territorio.

Quizás allí se encuentre una de las formas más profundas de resistencia frente a la violencia estructural. La identidad permite reconocerse cuando otros intentan nombrarlos. La memoria permite recordar cuando otros quisieran imponer el olvido. La comunidad sostiene cuando el dolor amenaza con fragmentarlo todo. La ancestralidad une a quienes estuvieron antes con quienes todavía no llegaron. Y la tierra permite que todo eso tenga un lugar donde existir.

Por eso los cuerpos vuelven a encontrarse, los rostros vuelven a pintarse, la palabra vuelve a circular, los pies continúan tocando la tierra. No porque el dolor haya desaparecido, no porque las heridas estén cerradas, no porque la violencia haya terminado. Sino porque hay pueblos que encuentran precisamente en aquello que intentaron arrancarles – la tierra, la memoria, la identidad, la ancestralidad, la comunidad – la fuerza para permanecer. Y frente a una historia que tantas veces quiso convertirlos en ausencia, Y’apo resuende con presencia:

No vamos a ceder.

No vamos a retroceder.

Vamos a resistir.

Seguimos aquí.

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Una organización de DD.HH. que nace como propuesta de trabajo por la paz, contra la injusticia social desde la no-violencia activa.

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