Me dijo la abuela: “Recuerda, niña, que las plantas llevan aquí desde que la Madre Tierra es Madre. Y nosotras somos sus hijas. Nosotras llegamos después…Ellas contienen la memoria sagrada de nuestras raíces” Ada Luz Márquez
La economía con rostro femenino nos ha interpelado y nos interpela en este tiempo, desde la contundencia de su esencia; ¿qué lógicas reproduce el trabajo remunerado masculinizado y el trabajo no remunerado feminizado?.
El trabajo de las doñas desde las ollas populares, desde las huertas agroecológicas comunitarias y domésticas, de coser, cuidar de la suegra, seleccionar las semillas para autoconsumo, recolectar los alimentos y transformarlos en comida, consolar a la amiga, y tantas otras prácticas de cuidado; ayudan a sostener una vida digna, no dañan la naturaleza y es no son pago, mientras que los trabajos en la construcción, en el silo o en el transporte que enfilan a gran parte de los hombres de la comunidad, no ayudan de igual manera a sostener una vida digna, contribuyen a dañar la naturaleza y están remunerados.
Celebrar y honrar la vida en cada aliento es una de las mayores enseñanzas que nos dejan estas mujeres en tiempos pandémicos, revelándonos y recordándonos que la mayor capacidad de reinversión, y conservación son las redes subterráneas, esas que semejan raíces, y la comunidad circulante como resultado de la salvia que nutre y revitaliza todo a su paso, poniendo al cuidado en el centro de la vida y a sus seres en inter y eco-dependencia.
EL CUIDADO EN EL CENTRO DE LA VIDA