Por Ramón Corvalán
En el párrafo final de su Historia del siglo XX, Eric Hobsbawm señala: “…una cosa está clara: si la humanidad ha de tener un futuro, no será prolongando el pasado o el presente. Si intentamos construir el tercer milenio sobre estas bases, fracasaremos”. Este planteo puede servirnos para enmarcar la tarea que se ha propuesto la Comisión Especial de la Reforma del Sistema Educativo de la Cámara de Diputados. Esta instancia se encuentra consultando con diversos sectores a fin de contar con ideas y propuestas acerca de cómo abordar dicha tarea. Al mismo tiempo, las consultas se producen en un contexto que manifiesta tensiones en determinados puntos: denuncia hacia las Fuerzas de Tarea Conjunta por irrumpir en la escuela de San Blas, de un distrito de San Pedro, como parte del operativo desplegado para la búsqueda de los asesinos de policías, y la continuidad del juicio en el caso de Curuguaty con la pregunta aún abierta sobre lo que pasó. ¿Es posible explorar opciones de política educativa al margen de ciertos acontecimientos que, en principio, parecieran no tener relaciones con debates acerca de lo pedagógico, lo curricular, la formación docente, la calidad educativa? De hecho es lo que se ha venido haciendo desde hace bastante tiempo sin que el problema educativo encuentre respuestas dignas hasta ahora; más bien, lo contrario es lo que persiste y se acentúa: el desfondamiento del sistema educativo traducido en tres dificultades. Dificultad para transmitir la experiencia cultural a las generaciones que se incorporan, dificultad para vincular con el mundo del trabajo y dificultad para la formación de una ciudadanía crítica. Ante este panorama podemos tomar en cuenta algunas ideas básicas en el momento de disponernos a pensar la educación en nuestro país.