Según el editorial de un periódico local, más de 100 mil jóvenes sin escolaridad es una tragedia. Recordemos que los personajes trágicos, enfrentados a su fatal destino, suelen terminar muertos o enloquecidos. A quien un Dios quiere destruir, antes lo enloquece, es lo que destacaba la tragedia griega. (Este texto es editorial del Boletín del Serpaj - Junio de 2018 el cual está disponible para descarga) De hecho, en el otro polo de la situación de los excluidos del sistema educativo, las cosas tampoco poseen los perfiles de la calidad educativa: el caso de la golpiza a la que fuera sometido un adolescente de 15 años del colegio San José, muestra lo que sucede cuando la idea/experiencia del prójimo no forma parte de la experiencia educativa. Se plantea así nuestra tragedia educativa: tanto el excluido como el incluido comparten el drama en el que lo escolar ya no es capaz de acoger la novedad que representan. De esta forma asistimos a una singular mutación donde el principal obstáculo para el aprendizaje es la misma escuela. Sucede con la escuela algo similar con lo que nos ocurre con la cárcel, sabemos -porque se multiplican los diagnósticos- que la cárcel nada tiene que ver con algo denominado rehabilitación… pero no se nos ocurre otra cosa que, en el fondo, es el eco de nuestro constante fracaso para gestionar con creatividad eso que es inherente a las relaciones humanas: el conflicto. Y en el intento por evitar los finales funestos de la tragedia, la muerte o el enloquecimiento, apelamos a algunos mantras actuales que se denominan “experiencias exitosas”, “aquello que funciona en otros países”, siguiendo siempre la lógica de acercarnos al sistema educativo como un sector desconectado de una serie de procesos históricos, políticos, sociales y culturales. En el caso nuestro, lo que en las páginas de los periódicos se denomina Política, se constituye en un universo aparentemente sin puentes con la educación, salvo algunas excepciones definidas por la mala gestión de un ministro y que por ello resulta convocado a dar cuenta de su gestión en el ámbito legislativo. Pero toda esa trama de pactos perversos, contratos oscuros, corrupciones, impunidades que testimonian día a día el progresivo deterioro de la ética política, sigue su itinerario trágico sin que la conectemos con el desfallecimiento de nuestro sistema educativo. ¿Qué significa conectar esa trama con el sistema educativo? Y al menos otorgarle el estatuto de la palabra en las aulas, conversar acerca de sus persistencias, cómo se inscribe en el cuerpo y en las emociones de los estudiantes, dónde les ubican esas prácticas, esos modos de convivir con el prójimo que pasan por relaciones mortíferas que los posicionan como víctimas, maltratados, perpetradores, abandonados, sufrientes, abusadores… pero con muchos amigos en el Facebook. ¿Por dónde deberíamos pensar, entonces, la educación? Quizás lo primero sería poner en suspenso y sospechar de todos esos discursos sobre lo exitoso, lo eficiente, lo excelente, el pragmatismo y desplazarnos hacia una propuesta educativa capaz de dar lugar a experiencias en las que pueda instalarse “un sujeto capaz de asumir su propia vida, viviendo, y lo que puede ser un proyecto social, viviendo con los otros, no a pesar de sino con ellos, no negándolos sino reconociéndolos, no dejando que se sigan presentando injusticias, sino haciendo cumplir la justicia, ‘un para todos posible’, y no un imposible que a lo único que puede conducir es a la muerte, ese silencio perpetuo del cual sólo se puede salir con el nombrar la vida”. Una educación en derechos humanos debe ser, por tanto, nuestro punto de partida; postergarla de nuevo equivaldría a permitir que definitivamente los dioses destruyan a las nuevas generaciones. En tiempos de mercancías invadiendo todos los espacios de nuestra vidas, plantearse el reconocimiento del prójimo como objetivo educativo, puede que no suene muy exitoso… pero es lo que nos urge. Claro que ello nos obligará a romper con esos lazos instrumentales o mortíferos que se promueven en nuestra sociedad en un marco de impunidad donde se repite el ciclo ofensa/rencor/venganza. La otra opción es la que suena en los versos de Borges: vivir unidos no por el amor sino por el espanto. Foto de portada: Kurtural